Invertir en infraestructura ya no es una opción del pasado, sino la apuesta estratégica del mañana. Las decisiones que tomemos hoy definirán la capacidad de nuestras sociedades para adaptarse a la transición energética y digital, sostener economías inclusivas y responder a los retos demográficos globales.
La infraestructura se ha consolidado como un activo defensivo y resiliente que ofrece rendimientos estables incluso en ciclos volátiles. En entornos de alta inflación y tipos elevados, ha demostrado mantener su atractivo para inversores institucionales y patrimonios privados.
Para 2025, los gestores proyectan un entorno macro más benigno: un crecimiento global del 2,8% en 2025 y 2,9% en 2026, con inflación a la baja y tipos de interés transicionando hacia niveles neutros en Europa y EE. UU. Bajo este escenario, la infraestructura no cotizada recuperará tracción, reforzando su papel como cobertura contra la incertidumbre.
A nivel estructural, la infraestructura es el vehículo físico y financiero de tres megatendencias esenciales:
Estas funciones explican la triple brecha que justifica invertir con visión de futuro:
El G20 Global Infrastructure Outlook estima necesidades de varios billones de dólares hasta 2040. Sin un gran impulso inversor, la brecha proyectada persiste, penalizando productividad y desarrollo en economías avanzadas y emergentes.
En el mercado privado, la recaudación global para fondos de infraestructura alcanzó 154.000 millones USD en 2022, se redujo a la mitad en 2023 y repuntó 14% en 2024. Las estrategias core y value-add multiplicaron su fundraising por 2,5x y 3,5x respectivamente, mientras core+ y oportunistas cedieron terreno.
La actividad de M&A refleja una ligera moderación: en 2024 cayeron un 8% en número de deals y un 14% en tamaño medio de transacción, aunque el sentimiento de los inversores sigue siendo positivo.
Las encuestas confirman un optimismo cauteloso para 2025: 86% de inversores espera más deals (sólo 5% anticipa un fuerte repunte) y Europa y Norteamérica lideran expectativas con 78% y 79% de respuestas positivas.
Paralelamente, la wealth wave de productos semilíquidos alternativos alcanzó 361.000 millones USD, con un CAGR del 57% a cuatro años. Dentro de este universo, la infraestructura ha crecido a un CAGR del 99%, posicionándose como una de las clases de activos más dinámicas para inversores minoristas y family offices.
Más allá de cifras y flujos, la inversión en infraestructura se articula alrededor de fuerzas de cambio globales que generan oportunidades de largo plazo:
BloombergNEF proyecta un aumento del 84% en generación renovable para 2030 y un nuevo doblete para 2050, reduciendo la cuota fósil del mix eléctrico del 58% al 25%. No obstante, la demanda de electricidad de centros de datos e IA crea un “Digital Power Problem” que exige inversiones masivas en eólica, solar, nuclear y gas.
Proyectos de infraestructuras de transmisión y redes serán críticos para integrar energías limpias y electrificación del transporte. A esto se suman soluciones de almacenamiento, flexibilidad y gestión de demanda, y estaciones de carga para vehículos eléctricos, junto a plantas de hidrógeno y biocombustibles.
La sociedad del dato impone a los inversores apostar por infraestructuras de alto rendimiento: data centers hiperescalables, redes de fibra ultra rápidas, microcentros de borde y infraestructuras de refrigeración avanzadas. El crecimiento exponencial de la IA y el cómputo en nube requiere capacidad eléctrica y de red sin precedentes.
Los contratos de largo plazo y las colaboraciones público-privadas en proyectos de conectividad rural y urbana garantizan retornos estables y impacto social, reduciendo la brecha digital y estimulando economías locales.
El aumento de la esperanza de vida impulsa la demanda de infraestructuras sanitarias, residencias asistidas, transporte accesible y redes de servicios domiciliarios. La innovación tecnológica en telemedicina y logística de última milla se integra con proyectos físicos, generando ecosistemas completos de atención.
Las inversiones en infraestructuras sociales, aunque tradicionalmente consideradas menos rentables, están estructuradas hoy con modelos de concesión y contratos indexados a resultados, ofreciendo un equilibrio entre impacto y retorno.
La distribución del capital revela apuestas diferenciadas por región y sector:
Los formatos de financiamiento se diversifican: bonos verdes, préstamos sindicado, fondos infraestructurales semilíquidos y plataformas de coinversión público-privada. La innovación en instrumentos financieros facilita la entrada de inversores minoristas y fondos de pensiones, ampliando la base de capital disponible.
En conclusión, la infraestructura global es mucho más que hormigón y cables: es el soporte físico de las megatendencias que definirán nuestro futuro. Invertir hoy en proyectos resilientes, sostenibles y digitales no solo genera retornos financieros, sino que impulsa el bienestar colectivo y la competitividad de las naciones. Este es el momento de apostar por el mañana y contribuir a un mundo más conectado, verde y próspero.
Referencias