En un mundo interconectado, el capital se mueve como bailarín estrella, siguiendo ritmos cambiantess y desafíos impredecibles.
El escenario global muestra una desaceleración moderada tras años de expansión. Según el FMI, el crecimiento mundial cayó de 3,3 % en 2024 a 3,2 % en 2025, con un leve descenso adicional en 2026.
Las diferencias entre economías avanzadas y emergentes se mantienen, con crecimientos de 1,5 % y 4 % respectivamente. Este contraste plantea la pregunta: ¿hacia dónde se dirige hoy el flujo mayor de capital?
En este contexto, Estados Unidos emerge como la pista principal, atrayendo tres veces más capital que la zona euro desde 2019. Los tipos de interés significativamente más altos en EE. UU. explican buena parte de esa preferencia.
Pero hay factores de largo plazo que refuerzan esta ventaja estructural de la economía estadounidense:
Los datos de UNCTAD muestran que la IED mundial cayó un 11 % en 2024, hasta 1,5 billones de dólares, el segundo año consecutivo de retroceso. Esta caída refleja la incertidumbre geopolítica y las tasas elevadas.
Si desglosamos por destino, China ha perdido su posición hegemónica. Tras años de flujos masivos, ahora se observa una desaceleración persistente en la inversión extranjera directa hacia ese país.
Brookings destaca una «desacoplación» entre China y el resto de emergentes. Mientras los flujos de cartera y otras inversiones hacia China han caído, otras economías emergentes experimentan repuntes.
Los factores que explican este fenómeno incluyen:
Según la IIF, los flujos de cartera hacia emergentes sumaron 26,9 mil millones de dólares en octubre de 2025, con deuda desacelerándose y equity ganando terreno.
El regreso de Donald Trump en 2025 reaviva la agenda «America First», presionando aranceles y restricciones a la tecnología. Al mismo tiempo, la UE promueve una estrategia de autonomía estratégica para proteger sectores críticos.
Este juego de tensiones origina corrientes de capital que buscan refugio o reapuestas en territorios percibidos como más estables. El impacto principal recae sobre la tecnología avanzada y la energía verde.
En América del Norte, los fondos soberanos y las instituciones multiplican posiciones en deuda corporativa y equity tecnológico. Europa, pese a su menor atracción estructural, experimentó un repunte del interés por la renta variable europea en 2025, impulsado por valoraciones atractivas y expectativas de remodelación económica.
En Asia, el sudeste asiático se beneficia del desplazamiento de cadenas de suministro globales. Países como Vietnam, India y Malasia captan inversiones en manufacturas y energías renovables.
África subsahariana muestra flujos crecientes en infraestructuras y recursos naturales, mientras que América Latina ve un alza en proyectos de transición verde, aunque persiste la volatilidad política.
Detrás de la coreografía de flujos se esconden tensiones que pueden truncar movimientos suaves. Entre ellas destacan:
Además, el cambio climático introduce riesgos físicos y de transición que obligan a reorientar capital hacia proyectos sostenibles.
La regulación, con un impuesto mínimo global del 15 % y reglas más estrictas sobre transparencia, condiciona decisiones corporativas y de inversión.
La danza del capital mundial está lejos de ser predecible. En este escenario en constante evolución, los inversores, gobiernos y empresas deben adaptar sus pasos a un compás donde convergen finanzas, tecnología, clima y geopolítica.
Entender las fuertes corrientes estructurales de largo plazo y anticipar los giros repentinos será clave para no quedar fuera del palco principal. Al final, la pista de baile exige una coreografía que equilibre riesgo y oportunidad.
Referencias