En un mundo marcado por la complejidad de los mercados y la creciente interdependencia de economías, la gobernanza corporativa se ha convertido en el pilar que sostiene la confianza de inversores y stakeholders. La forma en que una empresa se dirige y controla ya no es un tema exclusivo de juntas internas, sino un factor decisivo en la percepción global de su solidez y ética.
La gobernanza corporativa engloba un conjunto de normas, principios, políticas y estructuras que determinan cómo se toman las decisiones y se supervisa la gestión. Es un marco esencial que regula la relación entre accionistas, consejo de administración, alta dirección y otros actores relevantes en la cadena de valor.
Según la OCDE, el buen gobierno busca protección de los intereses de los accionistas, asegurando el trato equitativo de todos los accionistas, reconociendo derechos de stakeholders y promoviendo transparencia y rendición de cuentas. Esta visión amplia impulsa la sostenibilidad y fortalece la cohesión interna de la empresa.
Los elementos fundamentales incluyen los órganos de gobierno, las políticas internas y los procesos de control. Cada componente actúa de forma complementaria para garantizar un funcionamiento eficiente y transparente:
Las políticas típicas abarcan nombramientos, remuneraciones, planes de sucesión, códigos de conducta y anticorrupción. Estas normas crean un entorno donde los incentivos están alineados con los objetivos de largo plazo.
Los procesos de toma de decisiones definen quién decide cada aspecto crítico, cómo se aprueban fusiones o inversiones y cómo funcionan los sistemas de auditoría interna y externa, pilares de un entorno de control sólido.
El impacto de la gobernanza corporativa en la valoración y el acceso a financiación es innegable. Se estima que el 80 % de los inversores estaría dispuesto a pagar un premium por compañías con estructuras robustas y prácticas transparentes, pues perciben menor riesgo y mayor capacidad de crecimiento sostenible.
Un buen gobierno promueve confianza, estabilidad y credibilidad en los mercados. La OCDE resalta que es indispensable para fomentar la inversión a largo plazo y asegurar un crecimiento económico inclusivo y sólido.
La historia de la gobernanza corporativa está marcada por escándalos que actuaron como catalizadores de reformas. Casos como Enron, WorldCom y Parmalat impulsaron normativas como la Sarbanes-Oxley en Estados Unidos y códigos de buen gobierno en Europa.
Esta evolución supone un cambio de paradigma: del exclusivo enfoque orientado al shareholder value hacia un modelo stakeholder, que integra comunidades, medio ambiente y reguladores.
La G de ESG es la tercera pata del trinomio ESG, y juega un rol fundamental en la selección de activos por parte de inversores enfocados en sostenibilidad. Una gobernanza sólida incluye estructura de consejo, independencia, diversidad y controles anticorrupción.
Regulaciones como la SFDR y la CSRD exigen divulgar cómo se integran riesgos ASG en las decisiones de inversión, garantizando que los fondos etiquetados como sostenibles cumplan prácticas de gestión eficiente de los recursos y responsabilidad social.
Para empresas e inversores, adaptar la gobernanza a las exigencias globales es un reto y una oportunidad. A continuación, se ofrecen pautas para fortalecer estructuras y procesos:
Además, es esencial promover una cultura donde la ética corporativa y la rendición de cuentas sean valores compartidos, experimentando con herramientas digitales que mejoren la transparencia y la participación de los stakeholders.
La gobernanza corporativa ha trascendido su papel técnico para convertirse en un auténtico motor de transformación. Al alinear intereses de accionistas, empleados, comunidades y medio ambiente, se construye un futuro más resilient
Referencias