El mundo atraviesa un momento decisivo: las señales de desaceleración económica se multiplican mientras los gobiernos buscan estrategias para amortiguar impactos. Este artículo analiza cifras actuales, proyecciones oficiales y riesgos clave, y ofrece recomendaciones para afrontar el próximo ciclo.
En la segunda mitad de 2025, cerca del 70% de los directivos y expertos afirman que es más probable un escenario recesivo. El temor principal radica en una caída brusca de la demanda global, citado por el 61% de los encuestados.
Según J.P. Morgan, la probabilidad estimada de recesión global para 2025 ha disminuido algo, pero sigue siendo significativa en un 40%. Los organismos multilaterales coinciden en que el ciclo de crecimiento post-pandemia ha llegado a un punto de inflexión.
Las proyecciones para los próximos años muestran una travesía con altibajos. Aunque persiste un crecimiento moderado, la tendencia general apunta a una desaceleración económica global que podría intensificarse.
En África subsahariana, las tasas oscilan entre 1.9% y 5.2%, mientras que Asia Oriental y el Pacífico podrían crecer cerca de 4.4%. Estas variaciones resaltan la importancia de análisis por región.
Varios detonantes concatenan para frenar el crecimiento. En primer lugar, tensiones geopolíticas y comerciales han escalado, con aranceles en EE. UU. que alcanzan un 19.5%, su nivel más alto desde los años 30.
Este proteccionismo genera cambios en las cadenas de suministro, con efectos difusos que podrían agravar la desaceleración una vez cese el impulso de acopio preventivo.
En paralelo, la política monetaria mantiene un sesgo restrictivo. Los bancos centrales han elevado tipos para combatir la inflación y, aunque se esperan recortes hacia finales de 2025 o principios de 2026, la transición será gradual.
La inflación global se proyecta en 3.0–3.4% para 2025, descendiendo a 2.5–2.9% en 2026. No obstante, persisten riesgos de repuntes, especialmente en sectores de servicios y energía.
El sector financiero muestra valuaciones históricamente elevadas y niveles de deuda pública y privada en máximos. Un shock grave podría transmitir rápidamente tensiones al crédito y el empleo.
En el mercado laboral de EE. UU., se proyecta un desempleo que pasaría del 4.2% en 2025 a 4.5% en 2026, con la posibilidad de tocar el 5% en 2027 si la recesión se materializa. Europa experimentará también mayores tasas de paro y contracción de inversión.
El consumidor, motor de las economías avanzadas, muestra señales de retroceso: gastos en bienes duraderos y servicios se moderan, afectando a sectores como el automotriz y el turismo.
Frente a este escenario, economías emergentes sostienen cierta fortaleza. India, por ejemplo, mantiene crecimientos superiores al 6%, agregando dinamismo a la demanda global.
Asimismo, la disminución en los precios de la energía y futuras relajaciones en la política monetaria podrían suavizar la recesión, evitando una caída pronunciada en 2026.
No obstante, el aumento del proteccionismo, la incertidumbre fiscal y riesgos inflacionarios generan temores de una fase de estanflación: bajo crecimiento con inflación persistente.
Estas medidas requieren liderazgo político y compromiso de largo plazo para incrementar la capacidad de recuperación de las economías.
¿Están los gobiernos y bancos centrales listos para una respuesta coordinada? La experiencia sugiere que la velocidad en actuar y la claridad en las medidas determinan la profundidad de cualquier ciclo recesivo.
Además, el impacto de una recesión varía por sector y región. ¿Cómo responderán los mercados emergentes y las economías fuertemente endeudadas? ¿Puede la transición energética y la lucha contra el cambio climático integrarse en estrategias de resiliencia?
La próxima fase económica exigirá no solo reacción, sino visión estratégica y cooperación global. Solo así podremos transformar los retos en oportunidades de crecimiento sostenible.
Referencias