El petróleo ha sido el pilar de la industrialización y el transporte mundial durante más de un siglo. Desde los albores de la revolución industrial hasta la era de la globalización, el oro negro ha marcado rutas de poder, moldeado economías y definido alianzas geopolíticas. A pesar del auge de las energías renovables, esta materia prima continúa impulsando motores, fábricas y centrales eléctricas en todas las latitudes, mostrando una resistencia sorprendente ante las transformaciones del mercado energético.
Desde el descubrimiento de enormes yacimientos en Oriente Medio en la primera mitad del siglo XX hasta las crisis del petróleo de la década de 1970, cada fluctuación de precios ha dejado cicatrices en la economía global. La creación de la OPEP en 1960 consolidó el poder de los grandes productores, mientras que las sanciones a Rusia en años recientes han puesto de relieve las complejas relaciones entre economía y política. Países como Guyana han irrumpido en el mercado con reservas gigantescas, redefiniendo la lista de actores relevantes.
Guerras, embargos y acuerdos de producción conjunta han generado ciclos de abundancia y escasez. Sin embargo, la estabilidad rara vez ha sido permanente. Las tensiones en el Estrecho de Ormuz o el Golfo de Guinea siguen siendo recordatorios de que el petróleo no es solo un recurso, sino también un instrumento de presión y estrategia diplomática.
En 2024 el mundo alcanzó un máximo histórico de 101,8 mb/d de consumo, un reflejo de la recuperación pospandemia y el aumento de la actividad industrial en países en desarrollo. La extracción global rondó los 96,9 mb/d, con Estados Unidos y Arabia Saudí liderando la producción, seguidos de cerca por Rusia.
Las estimaciones para 2025 sitúan la oferta global en un alza de 2,5 a 3 mb/d, impulsada por incrementos en Arabia Saudí, Estados Unidos y el sorprendente ascenso de Guyana. Sin embargo, la demanda crece a un ritmo más moderado, con un aumento previsto de 700.000 b/d en 2025 y 720.000 b/d en 2026. Esta desaceleración de la demanda global se concentra en China, India y Brasil, donde el desarrollo de renovables y políticas ambientales moldean nuevos patrones de consumo.
Un superávit proyectado de cuatro millones de barriles diarios ejerce presión a la baja sobre los precios. El Brent se mantiene alrededor de 62 USD el barril, con un promedio esperado de 73 USD en 2025. La acumulación de inventarios marítimos, que en septiembre de 2025 alcanzó su mayor repunte desde la pandemia, refuerza la tendencia a la abundancia temporal.
Sin embargo, la volatilidad persiste: cualquier conflicto geopolítico o recorte inesperado de producción puede revertir el escenario en semanas. Así, los operadores y gobiernos monitorean con atención la evolución de la OPEP+ y los inventarios estratégicos.
El avance de la transición energética hacia renovables incide directamente en la dinámica del petróleo. Aunque el cambio es gradual, las políticas de descarbonización en Europa y América del Norte empujan a los grandes consumidores a diversificar sus fuentes.
A largo plazo, la resiliencia de la industria dependerá de su capacidad para adaptarse a nuevas regulaciones y riesgos climáticos, así como de la flexibilidad de los países exportadores para diversificar sus economías.
La incertidumbre define el horizonte: la competencia entre energías, la evolución de la demanda en Asia y las tensiones geopolíticas marcan el rumbo. Para garantizar la seguridad del suministro a largo plazo, los gobiernos diseñan estrategias de reservas estratégicas y alianzas comerciales.
En los próximos diez años, la capacidad de adaptación, la inversión en tecnologías limpias y los acuerdos multilaterales determinarán si el petróleo sigue siendo el protagonista o cede su cetro al auge de las renovables. Lo cierto es que, por el momento, el oro negro mantiene su dominio en la economía global y su influencia en el tablero geopolítico.
Referencias