En 2025, la volatilidad se ha convertido en el rasgo definitorio de los mercados globales, trascendiendo un episodio meramente transitorio. A pesar de un entorno macroeconómico que muestra señales de crecimiento moderado y estabilidad inflacionaria, el contexto geopolítico y las tensiones comerciales describen un escenario de riesgo elevado. Los inversores se enfrentan así a un paisaje en el que la incertidumbre puede convertirse tanto en amenaza como en aliada, generando ventanas excepcionales de entrada para quienes sepan interpretar las dinámicas del mercado.
Tradicionalmente, la volatilidad se percibe como un episodio cíclico que amplifica las caídas temporales de valor. Sin embargo, en 2025, la volatilidad global funciona como un verdadero régimen estructural. Mientras los grandes bancos centrales han cedido protagonismo tras un ciclo extensivo de subidas y recortes, emergen otras fuerzas capaces de desencadenar movimientos abruptos: riesgos geopolíticos, ajustes fiscales y dinámicas de mercado que reaccionan con mayor intensidad.
Este nuevo contexto exige comprender que las fluctuaciones de corto plazo pueden convertirse en tendencias de mediano plazo, invitando a repensar estrategias clásicas de diversificación y protección de capital. La clave reside en reconocer que la volatilidad, lejos de ser un enemigo, puede transformarse en un motor de oportunidades si se aborda con disciplina y análisis riguroso.
Uno de los principales motores de la volatilidad actual es el elevado riesgo geopolítico originado por el retorno de políticas exteriores cambiantes, lideradas por la llamada “efecto Trump”. Los anuncios de nuevas barreras arancelarias, la posibilidad de conflictos comerciales y la redefinición de alianzas estratégicas han tensionado mercados y cadenas de suministro.
El fenómeno se manifiesta en:
Según State Street Global Advisors, en 2025 se espera un ambiente de aranceles móviles que podría disparar la incertidumbre inflacionaria, pese a que niveles por debajo del 20% sean absorbidos inicialmente por minoristas.
El déficit de Estados Unidos supera el 6% del PIB y se anticipa que el endeudamiento público alcance cifras históricas en 2026. Con una duración media de la deuda de 6,5–7 años, gran parte tendrá que refinanciarse bajo tasas significativamente más altas, elevando el coste del servicio de la deuda y creando un nuevo foco de inestabilidad.
La falta de aprobación de presupuestos hasta el primer trimestre de 2026 añade un periodo de alta tensión fiscal, en el que el mercado de bonos podría experimentar episodios de “bond tantrum” y presiones al alza en las rentabilidades a largo plazo.
En 2025, la Reserva Federal sólo contempla un recorte más en el costo del dinero, obligado por la solidez macroeconómica. Paradójicamente, en un entorno de tipos tradicionalmente orientado de la renta variable a la fija, se observa el fenómeno contrario: los mercados de bonos sufren más pánico que las acciones.
La transición de un régimen de subidas prolongadas a uno de “tipos altos por más tiempo” mantiene a los inversores en máxima alerta, con cada dato de inflación y empleo generando movimientos bruscos. Este nuevo ciclo demanda estrategias de duración activa y cobertura de tasas variables.
El informe global de Aon sitúa por primera vez la volatilidad geopolítica entre los principales riesgos empresariales, destacando preocupaciones por conflictos regionales y sanciones tecnológicas. La inestabilidad en materias primas, especialmente energía y alimentos, y los controles a la inversión extranjera conforman un entorno de mayor complejidad para las compañías.
Estas tensiones, lejos de limitarse a mercados financieros, afectan cadenas globales de suministro y decisiones de inversión a largo plazo, obligando a las empresas a rediseñar modelos de riesgo y resiliencia.
La primera mitad de 2025 ha sido testigo de altibajos extremos en las bolsas globales, caracterizados por caídas de doble dígito seguidas de rápidos rebotes. Este vaivén, interpretado inicialmente como pánico, se ha revelado como una oportunidad histórica para quienes apoyaron posiciones selectivas.
El posicionamiento medio de las carteras muestra una fuerte sobreponderación de renta variable estadounidense, en niveles máximos desde 1998, pese a valoraciones exigentes. Mientras tanto, en renta fija, los spreads de crédito ya descuentan gran parte del riesgo, aunque la deuda emergente ofrece valor relativo si se asume una mayor oscilación en tipos y divisas.
En el primer semestre de 2025, el comercio global creció alrededor de 500.000 millones de dólares, confirmando la capacidad de adaptación frente a shocks comerciales y tensiones geopolíticas. Las empresas han redirigido flujos hacia socios confiables, impulsando el fenómeno de “friend-shoring” y nuevos acuerdos regionales.
Además, los servicios y bienes verdes acaparan un peso creciente en este incremento, reflejando la transición de la demanda hacia sectores sostenibles. La volatilidad no ha impedido una recuperación ordenada, aunque con mayor dispersión entre países y sectores.
La actual volatilidad global presenta retos y posibilidades que deben ser abordados con un enfoque proactivo y diversificado:
Para las empresas, resulta esencial fortalecer análisis de escenarios, implementar controles de liquidez robustos y diversificar proveedores. La capacidad de anticipar movimientos de política monetaria, fiscal y comercial será determinante para transformar la volatilidad en un campo de innovación y crecimiento.
En definitiva, la volatilidad global como doble filo ofrece tanto riesgos de pérdidas rápidas como momentos únicos de entrada y reajuste. Quienes adopten una visión estratégica y herramientas de protección podrán surfear este nuevo régimen con éxito, convirtiendo la incertidumbre en oportunidad.
La clave reside en la combinación de disciplina, análisis riguroso y flexibilidad estratégica. Solo así se podrá navegar un panorama marcado por altibajos, extrayendo valor de cada oscilación y construyendo carteras y modelos de negocio resilientes, capaces de prosperar incluso en las condiciones más volátiles.
Referencias